La humillación no es la derrota

Sino la manera de cosecharla. Ayer el Real Oviedo recibió el mayor baño de los últimos años, superior incluso a los sufridos durante la lamentable temporada 06/07. Misma actitud insolente que levantó sospechas de una posible cama de los jugadores hacia Raúl González, mismo pasotismo que en Lorquí y Guadalajara, misma inoperancia que nos condenó a Tercera hace unos años. Los azules no se llevaron ni un solo balón dividido ante el filial esportinguista, apenas vencieron disputas aéreas, no fueron al choque ni entraron en el cuerpo a cuerpo. Se cansó la web oficial de decirle a los jugadores que el de hoy era un partido especial pero estos no parecieron darse por aludidos, ni siquiera ante el ambiente que registraba el Molinón, propio de un partido de Primera y con más de 600 oviedistas desplazados a Gijón.



Pero que quede claro que la afrenta sufrida hoy no fue únicamente provocada por falta de actitud. El Real Oviedo es un equipo sin identidad, sin estilo de juego, sin capacidad para formar un bloque compacto. El Sporting B presionaba la salida de balón azul muy arriba, asfixiaba a los oviedistas con una intensidad ejemplar, impidiendo que el rival recibiese y se girase con tranquilidad; las líneas rojiblancas muy adelantadas, lo que facilita el robo y economiza energías en sus futbolistas, que sólo se ven obligados a hacer esfuerzos en forma de sprints de 5 ó 10 metros, no más. Ello provocó que los pupilos de Fermín se viesen obligados a jugar en largo una y otra vez, lo que les incapacitó para mantener la posesión y marcar el tempo de un partido en el que siempre estuvieron a merced del Sporting B.

Por el contrario, el Real Oviedo salió al Molinón sin una idea clara de cómo jugarle a los de Abelardo: separación entre líneas alarmante, con Miguel y Manu Busto presionando sólos en un tercio de campo. El centro del campo no sabía si acompañar a los dos puntas o hacerle caso a una defensa que no se atrevía a salir de la cueva por el respeto a la velocidad de la dupla de Carlos, con lo que Jandro e Iván Ania se quedaban en tierra de nadie dejando en inferioridad numérica a Curro y Mario Prieto, que no son precisamente unos prodigios tácticos. Con este panorama, con once jugadores azules esparcidos en un terreno de 105x60 metros, el Sporting B tuvo una facilidad insultante para controlar, pensar, tocar y desmarcarse; los carbayones siempre llegaron tarde a la presión al estar muy separados y en un amplio espacio, con lo que el desgaste oviedista fue inmenso, lo que más tarde penalizaba en ataque. El pez que se muerde la cola.



Tampoco encontró soluciones Fermín para arreglar el agujero por el centro, donde Carlinos siempre bajaba a recibir a la espalda de Curro y Mario Prieto, y siempre con facilidad para girarse y lanzar el pase al hueco a un compañero. Ninguno de los dos medioscentros era capaz de taparle porque ya bastante tenían intentando abarcar todo el ancho del campo, pero tampoco los centrales salían a la marca para no dejar a Carlos Álvarez en situación de 1x1 ante Jorge o Gonzalo. Así, siempre tuvo el Sporting B un apoyo claro sobre el que moverse y descargar el balón en zona de peligro.

En ataque, incapacidad para sacar la pelota desde atrás y obligación de buscar el juego directo a Miguel una y otra vez. Medioscentros tapados, laterales coaccionados, volantes recibiendo muy abajo; todo ello facilitó la labor esportinguista de achicar y robar cerca del área oviedista. Y cuando los centrales jugaban en largo, Miguel y Manu Busto se encontraban predicando sólos en el desierto, en inferioridad numérica y sin aliados para bajar la pelota y jugar o robar rápido tras pérdida de balón. No existió el Oviedo en ataque y las dos únicas ocasiones claras fueron a balón parado, en una falta de Iván Ania que Sergio Sánchez atrapó cerca de la escuadra y en un córner botado por Curro que repelió el larguero.

El filial rojiblanco jugaba a sus anchas y la facilidad para pensar y tocar ocasionaba que los cambios de orientación, las situaciones de 2x1 en banda, se sucediesen continuamente, con Pablo Acebal y sobre todo Guillermo haciendo oposiciones al primer equipo. Ernesto y Rubén Gzlez tuvieron trabajo extra y se vieron obligados a doblar esfuerzos para evitar que el correctivo fuese aún mayor. Y gracias debe dar el RO también a las intervenciones de Aulestia, que con una gran actuación y varias paradas de mérito impidió que la victoria local fuese más amplia. El Sporting B demostró en la tarde de ayer que en esta categoría se puede jugar bien y ganar al mismo tiempo, rompiendo los argumentos de unos cuantos que defienden que ambos términos son incompatibles en Segunda B. Desde aquí, dar mi enhorabuena a sus jugadores y al Pitu Abelardo: aunque duela decirlo, son uno de los buenos equipos del Grupo II, lo cual tiene mucho mérito tratándose de un filial.

Por otro lado, decir que sea quien sea el nuevo entrenador azul, tiene mucho trabajo por delante, no ya para conseguir que este equipo sea aspirante al ascenso, objetivo utópico a día de hoy, sino para lograr que el Real Oviedo sea un conjunto competitivo y que esté en condiciones de pelear por los tres puntos de tú a tú cada fin de semana. Eso es lo que debemos pedir los oviedistas a día de hoy, y no otra cosa; que el equipo luche cada partido por la victoria, que se recupere la confianza y la autoestima, tanto de los jugadores como de la propia afición. Hay que olvidarse del mes de Mayo y vivir día a día, con el único proposito de vencer el próximo duelo liguero e ir partido a partido sin marcarse metas demasiado altas que no provocan otra cosa que ansiedad.



Se podrá ganar o perder, pero la imagen, la intensidad y la propuesta futbolística deben cambiar radicalmente si no queremos vernos atrapados en zona media-baja de la tabla y revivir fantasmas del pasado que podrían ser el golpe definitivo para la afición, y por tanto, para el Club.